Una madre enferma, un hijo esquizofrénico y un padre parco y frío. Tres personajes grises que viven en una casona infinita donde sólo comparten el aire que respiran y cuya rutina es capaz de enfermar hasta al más resistente de los espectadores. A mí me dejó hastiado, con una sensación horrible en el estómago. Una historia traumática, que roza el melodrama.
La madre, siempre sufriente, me recordó un poco a Gritos y Susurros de Ingmar Bergman. Tal vez un guiño al gran maestro, pero la verdad que la cosa no va por ahí. Debo decir de antemano que esta película no me gustó. Me pongo el parche antes de la herida para no caer en un ensañamiento innecesario.
Durante su desarrollo podemos ver a estos tres personajes perseguidos por la fatalidad, hebras retorcidas cuyo destino se augura trágico desde un principio. El hijo imbécil, personaje abominable, en un principio acapara la atención y su aura de inocencia genera cierta compasión, sin embargo, sus bajos instintos y sus actos irresponsables lo transforman en el antagonista de la historia.
Larga y falta de ritmo. El tratamiento realista se rompe con la alteración del tiempo en las secuencias del hijo corriendo por las escaleras. Un recurso innecesario y antojadizo. Al parecer, después de Requiem por un Sueño, cosas de este tipo no se justifican si no se tiene el talento necesario.
No quiero contarles el final, hay que verlo, pero les advierto, tenga una bolsa o balde muy cerca para no manchar la alfombra.

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