Dicen que todo tiempo pasado fue mejor y esta no es la excepción. Ya pasaron más de 20 años desde el estreno de "Indiana Jones en busca del arca perdida", la primera entrega de la multimillonaria y taquillera saga de los dos alquimistas del cine norteamericano, George Lucas y Steven Spielberg, quienes vuelven para resucitar a uno de sus más recordados personajes.
Sin embargo, el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos. Harrison Ford ya no es el hombre atlético de antaño y sus piruetas ahora se ven bastante trabajosas y hasta increíbles. Pero ese no es el punto. La película no es una propuesta en ningún aspecto. Puede dejar conforme a los fanáticos, quienes esperaron años para ver la nueva aventura del legendario arqueólogo, pero tal vez resulte decepcionante para los nuevos cinéfilos que no conocieron al misterioso cavador de tumbas de látigo y sombrero.
La película entretiene. La actuación del joven Shia La Beouf (el hijo de Indi) deja en claro su incipiente talento, el ya demostró en Paranoia y Los Trasnformers. Pero la historia no tiene elementos interesantes. El guión no sorprende, no engancha, está lleno de imprecisiones y deja en claro que Latinoamérica es sólo un pueblo al sur de Estados Unidos. Imagínense que Pancho Villa le enseñó a hablar Quechua a Indiana y que en Perú se escuchan rancheras (jajaja, perdonen, pero no lo puedo evitar). Realmente la ignorancia yanqui no tiene límites. Por último, el personaje de Kate Blanchet es opaco, amachado y desagradable y no le permite hacer gala de su gran talento y de su exuberante belleza.
Luego de unos cuantos balazos y peleas inverosímiles la historia desemboca en un final que me recordó a la segunda parte de la Momia y las malísimas Tomb Rider. Los efectos digitales hace mucho por esta película que carece de todo aquello que nos entregó Spielberg en los 80.

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