La edad de la ignorancia









N
aces, creces, te reproduces y mueres. Así es el ciclo de la vida, al menos eso me enseñaron en el colegio. Para ser feliz estudias una profesión, buscas una pareja, tienes hijos, los educas, te jubilas y luego te mueres. Si tienes suerte la muerte puede llegar de golpe, en tu cama, en el sueño; pero si no, puede que el cáncer te devore hasta los huesos. Cuando la vida ya no es más un sueño y el sueño se confunde con ella. Cuando lo material no te satisface y tus creencias se van por la borda. Cuando te despiertas estrepitosamente y te encuentras sumido en una pesadilla terrible y trágica, a la que algunos llaman vida, puede que sea el comienzo de algo nuevo y mejor.

Jean-Marc Le Blanc (Marc Labrèche) es un tipo corriente de unos cuarenta y tantos. Trabaja para el gobierno y pasa sentado la mitad del día escuchando los problemas de la gente sin poder les entregar ninguna solución sensata. Su vida personal es un desastre y su único consuelo está dentro de su mente.

Para quien este sufriendo la crisis de la mediana edad puede ser que esta película refleje de buena manera aquella sensación de miseria de los sueños incumplidos. Sin embargo, para quienes nos empinamos recién sobre los 20, nos toca de manera distinta, pero nos remece de igual manera.

Esta historia de fantasía y realidad llega de la mano del exitoso director canadiense Denys Arcand, responsable de la premiada Invasiones Bárbaras. Si de comparaciones se trata , La edad de la ignorancia (tal vez una alusión a La edad de la inocencia de Edith Wharton) se parece mucho a la controvertida Belleza Americana (1999). Podemos ver que los protagonistas son dos tipos de mediana edad, aburridos de su vida, que fantasean con mujeres jóvenes y que tienen una deplorable vida marital; además ambas esposas trabajan como corredoras de propiedades y están obsesionadas con el triunfo profesional.

La película está llena de elementos interesantes. Las interpretaciones son excelentes. Basta con mencionar la protagónica, que logra transmitir a través de la pantalla la sensación de tristeza y agobio. El resto no lo hace mal. La mujer obsesionada con llegar a la cima, deambula por la casa con ese infartante aparatito llamado bluetooth colgado de la oreja , mientras sus hijas viven en una burbuja saturada de video juegos, ipods y comodidades, pero sin el más mínimo estímulo afectivo.

Nos movemos por una infinidad de escenas ridículas, en donde no podemos dejar de preguntarnos hasta dónde es capaz de llegar el ser humano en busca de ese anhelado orden social, esa quimera absurda de la felicidad empaquetada. Una sociedad al parecer perfecta, ordenada, primer mundista; nos muestra la miseria más grade que puede existir, la miseria del alma y la falta de sentido.

Sumido en una catarsis, el protagonista comienza una búsqueda que parece llegar a su fin con la muerte de su madre. La travesía kármica desemboca en el mar, cuyas olas mecen sus sueños y terminan con las fantasías que lo acompañaron por tanto tiempo. Un final abierto que nos deja con la respiración contenida, pero que deja una ventana abierta para que algo nuevo y mejor pueda comenzar.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

realmente logras entusiasmar con tus comentarios......ahora me muero de ganas de ver la película........besitos